Un grano de maíz

170563403_a0e21ac755_o.jpg

Recientemente hicimos un viaje a Mérida que nos dejó alarmantes enseñanzas planetarias. Narremos.

Salimos de Caracas un viernes a buena hora para emprender camino que estimábamos de diez a doce horas.

En la Valle-Coche, la autopista que da entrada a la ciudad desde el centro del país, recibimos el primer asombro: el canal contrario al nuestro era un estacionamiento gigantesco, kilómetros de carros detenidos y millares de niños a su alrededor vendiendo, suponemos, de todo, desde comida hasta medicinas.

Alguien nos dijo que ese estancamiento puede durar horas, que hay mucha gente que vive allí, dentro de sus carros se afeitan, se maquillan, oyen noticias, música, pelean, se contentan, y todos aislados en sus cápsulas son enemigos, capaces de violentas agresiones sólo por avanzar algunos centímetros. El resto del tiempo trabajan, y van a sus casas de carrerita.

Continuamos viaje, agradeciendo que fuéramos en dirección contraria, y desarrollamos más velocidad. A los pocos minutos nos encontrábamos en un estacionamiento, y vivimos en carne propia, o mejor, en carro propio lo que acabábamos de ver al salir de Caracas. Aquella situación con algunos alivios se mantuvo por prácticamente todo el viaje, que concluimos después de veinte horas.

No estábamos preparados para vivir en nuestra cápsula, que no tiene aire acondicionado, y no nos quedó otra opción que invocar la calma y observar y pensar un poco.

Comprendimos a los que dicen que “civilización que quema el petróleo no es viable, y gritan por la urgencia de cambiar radicalmente el rumbo, la manera de vivir”.

Esta comprensión se agudizaba cuando el carro estaba detenido, y se nos olvidaba después de los cien kilómetros por hora que algunas veces alcanzábamos, entonces nos convencíamos que la situación no era tan mala, que eso de recalentamiento global no era para nosotros, que la contaminación se exageraba, que el mundo seguía adelante a pesar de los agoreros “ecologistas”.
En el páramo merideño, cerca de la aldea de Cacute está La Casita de la Miel , que hace muchos años vende la ambrosía, y es parada obligatoria de los turistas más conocedores, allí el producto es honesto.

Nos detuvimos a comprar, y encontramos la tiendita desolada, no había miel, sólo caras tristes como si el mundo se estuviera acabando, y miradas de compasión por los que pasaban aislados en sus cápsulas y no percibían el peligro.

Preguntamos: ¿cuál es el problema con la miel.

Nos respondieron: “el problema es con el planeta, los dioses retiraron la miel como castigo por las agresiones que el hombre hace a su universo. Se acaba la miel en el mundo, se mueren las abejas, las flores no tienen néctar, se seca la tierra”.

No sabemos si creerlo o no, pero nos entró un frío en el alma.

Y comprendimos lo inmenso que es el problema humano, y la inmensa responsabilidad de los que ven más allá de la cápsula.

~ por etnoecomerida en marzo 3, 2008.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: